Ella sabía que todas las mujeres que había en el salón estaban muertas de envidia; no por su magnífico vestido, ni por su abundante cabellera castaña, sino porque el hombre con el que estaba bailando era un millonario. Joven, moreno y guapo, su compañero irradiaba seguridad en sí mismo.
El salón de baile del hotel Imperio, en Los Teques, estaba abarrotado de invitados que habían acudido a la fiesta de cumpleaños de Julio Fernández. Todos se divertían a costa del anfitrión y bailaban al ritmo de