—No, Gabriela —dijo quitando sus manos de abajo de las suyas.
Ella alzó las cejas y deslizó su labio inferior debajo de sus dientes con una sutileza magistral. La seducción le venía tan natural que nadie jamás se imaginaría que alguien de apariencia tan inocente fuera tan diabólica.
—Bueno, hablemos ahora mismo. Juan Carlos, no importa el lugar, sino la compañía.
En cuanto sintió su pie, rozar su pantorrilla se deslizó un poco lejos de ella.
—¿Qué estás haciendo, Gabriela? —le preguntó, él