~Alana~
Regresamos a la mansión mientras la lluvia allá afuera arreciaba. Las pareces brindaban seguridad y la chimenea en la habitación calentaba nuestros cuerpos fríos.
Estábamos sentados frente a ella, con gasas llenas de sangre esparcidas por la alfombra. Las heridas de Dominic no sanaban, no dejaban de sangrar y eso me preocupaba.
Había sido infligido para hacerle daño, para dejarlo marcado.
—¿Qué te han dicho los sanadores?
—Hasta que la plata no sea removida, no voy a sanar, pero por más