Arriba, Saúl llevó a Teresa directamente a una habitación de invitados.
En cuanto se cerró la puerta, se dio vuelta y apretó su pecho contra ella.
No la había tocado en unos días y la extrañaba muchísimo.
—¡Saúl, por favor! ¡Estamos en un funeral! —Empujó su cabeza, que estaba enterrada en su cuello.
Saúl levantó la cabeza, siguió moviendo las manos, abrió el dobladillo de su falda y la estiró. Dijo, casi como si bromease:
—¿No quieres también? Aquí no hay gente, no estamos en público, ¿por qué