Marina llevó a Andi de vuelta a casa. Temía que hablara de más, así que lo llevó primero a su habitación, lo llenó de bocadillos para mantenerle la boca ocupada y evitar que dijera algo de lo cual se arrepintieran.
— Tía, hoy estás más generosa de lo normal —dijo Andi, con una bolsa de papas en la mano y la boca tan llena que apenas podía hablar.
— ¿Si solo hablo con mi abuelito me vas a dar bocadillos? ¡Entonces mañana vengamos también!
— ¿Ir otra vez? Si en unos días ese abuelito ya va a... —