Saúl se lamió sus labios y, con una sonrisa maliciosa, dijo:
—¿Cómo entré? Exactamente de la misma forma en que tú entraste.
Colocó la mano con la que había tocado a Teresa cerca de su nariz y respiró profundamente.
—Hueles a alguien como yo... astuta y traicionera.
—No me importa cómo hayas entrado. Ya mismo, ¡fuera de aquí! —Teresa, cubriendo su cuerpo con una sábana, le ordenó en voz baja.
Saúl se rio con desprecio:
—Ya te he visto desnuda, ¿para qué fingir decencia ahora?
—Mi hermano está bo