El frío de la cubierta del Santa Fe calaba más hondo que el agua de la fosa. Mateo y Clara se movieron con la precisión de los viejos lobos de mar, cortando las líneas de sujeción del traje de Azkarion y arrastrándolo hacia la cabina mientras Emma, temblando por la hipotermia y con la junta de su hombro izquierdo empapada, se despojaba del casco de un tirón.
—¡Necesito oxígeno y una manta térmica, ya! —gritó Clara, presionando el pecho de Azkarion—. Su respiración es demasiado superficial. El c