Isabella se quedó en casa aquella noche. Desde el ventanal del salón, veía las luces de la ciudad titilar a lo lejos, pero no lograban disipar la sensación de vacío que se había instalado en el ambiente. La mansión, a pesar de su esplendor, parecía más grande cuando estaba sola.
Sumida en el silencio cuando Francesco llegó pasada la medianoche, se movió con cautela, procurando no hacer ruido al subir las escaleras. Al empujar suavemente la puerta de la habitación, Isabella ya estaba en la cama