El trayecto a la casa fue silencioso, pero no incómodo. Había una paz contenida, casi sagrada, como si cada uno de ellos supiera que ese instante estaba hecho para ser recordado.
Al llegar, el sol acariciaba los jardines con ternura. Isabella bajó del coche con el niño en brazos. Nick se quedó parado junto a la puerta del conductor, sin moverse.
—Quédate —dijo ella, mirándolo.
—Tengo algunas cosas que hacer —respondió él, mirando hacia otro lado.
—Almuerza con nosotros, al menos —insistió Isabe