La mañana amaneció templada y sin prisas. El canto de los pájaros flotaba sobre los tejados de Calabria como una sinfonía discreta, mientras el aroma a pan recién horneado se colaba por las ventanas de la mansión, mezclándose con el perfume dulce de las flores del jardín.
Isabella ajustó el gorrito de Marcos con manos suaves y maternales, mientras Francesco preparaba la pañalera con la precisión de quien ha hecho eso muchas veces y aún sonríe al hacerlo. Habían decidido visitar a Alessa y Leon