El sol de la mañana se filtraba suavemente a través de las cortinas del gran salón, tiñendo la estancia con un cálido resplandor dorado. Alessa había ido a la cocina por un vaso de leche y algunas galletas, pero se topó con Jacomo, quien, inusualmente, estaba devorando las galletas con avidez.
— ¡Buen día! —exclamó Alessa, riendo mientras se acercaba—. ¡Hey! Déjame unas galletas, Jaco.
Jacomo, con una sonrisa traviesa, tomó varias y respondió, masticando con calma.
—Allí quedan algunas. Si Fran