El atardecer pintaba la cabaña con tonos ámbar y sombras suaves. Afuera, el canto de los grillos comenzaba a colarse entre los árboles, y el viento hacía crujir las ramas altas. La cabaña de madera, rústica pero acogedora, olía a cedro, a hogar… y pronto, también a comida.
En la cocina, Leonardo intentaba cortar cebollas sin llorar, mientras Alessa reía detrás de él. Isabella preparaba una ensalada fresca con tomates secos y aceitunas negras, y Francesco revolvía una salsa en una olla mientras