La noche cayó sobre Sicilia con la misma elegancia con la que Isabella se quitó los pendientes frente al espejo de su habitación. El reflejo le devolvía una imagen imperturbable, pero dentro de ella, una tormenta crepitaba en silencio. Salvatore había dejado un eco en su mente, uno que no podía ignorar.
Francesco se acercó con una toalla colgada de su cuello y una copa de whisky en la mano. Se detuvo en el umbral, observándola en silencio.
—Aún lo piensas —dijo al fin.
—No me gusta cuando deja