El coche negro se deslizó por la avenida bordeada de cipreses, sus ruedas crujiendo sobre la grava blanca que conducía a la mansión Lombardi. Isabella observó por la ventana cómo la luz de la mañana se filtraba entre las hojas de los olivos centenarios, proyectando sombras danzantes sobre el césped impecable. En la alcabala de la entrada principal, el aire olía a tierra mojada y rosas recién cortadas, una fragancia que contrastaba con el nudo de tensión en su estómago.
— ¿Listos para el espectác