En la mansión Rossi, la tensión explotó. Isabella, que había mantenido una fachada de control durante la llamada, se llevó una mano al rostro, ahogando un grito mientras sus piernas amenazaban con fallarle. Su mente estaba atrapada en la imagen que había visto en la pantalla durante la llamada: Alessa, su hermana, su alma gemela, en manos de esos monstruos. Sentía un nudo en la garganta, uno que amenazaba con desatar un torrente de lágrimas, pero se negaba a ceder. No ahora. No mientras Alessa