El Alfa Romeo negro se detuvo frente al edificio. Salvatore apagó el motor sin prisa. No necesitaba anunciar su presencia. Su sola energía bastaba para llenar el ambiente de tensión. Bajó del coche y caminó con paso seguro, dándole una mirada al hombre de la recepción que tomaba el teléfono para anunciar su llegada.
—No pierdas tu tiempo. No necesito ser anunciado —dijo, y continuó hacia el ascensor.
Al salir, se detuvo frente a la puerta. Tocó una sola vez. El sonido fue firme, seco, definitiv