El cielo de Oslo amaneció cubierto de una bruma densa, como si presintiera lo que estaba por suceder. Luciana se había acostumbrado a esa atmósfera helada, al silencio ordenado de la ciudad y a los gestos cautelosos de quienes sabían demasiado. La conferencia del día anterior había dejado una estela que no solo cruzaba fronteras literarias, sino también fronteras de poder.
En la mesa del desayuno, Alexander hojeaba su portátil con el ceño fruncido. La pantalla mostraba una notificación priorita