La mañana siguiente a su íntima conversación, Luciana y Alexander despertaron con una sensación renovada de cercanía. La luz del sol se filtraba a través de las cortinas, iluminando suavemente la habitación que compartían. Luciana se estiró perezosamente, sintiendo el calor del cuerpo de Alexander junto al suyo.
—Buenos días —murmuró él, girándose para mirarla con una sonrisa adormilada.
—Buenos días —respondió ella, devolviéndole la sonrisa antes de besarlo suavemente en los labios.
Después de