La mañana parecía tranquila. El cielo tenía ese azul sereno que engaña al corazón, como si el mundo no fuera capaz de romperse en mil pedazos bajo tanta claridad. Pero Luciana sabía que esa calma era solo superficial. La tormenta venía desde dentro.
Alexander aún dormía. Estaba boca abajo, uno de sus brazos extendido sobre la cama, cubriendo parte de la almohada de ella. Su respiración era pesada, rítmica, el cuerpo sin tensión. Parecía ajeno a todo lo que los rodeaba.
Luciana lo observó por un