El sonido de las teclas resonaba en la habitación, cada golpe sobre el teclado era un paso más hacia la verdad que Alexander había decidido contar. Pero a pesar de estar escribiendo, su rostro permanecía inmutable, como si cada palabra fuera un peso más que debía cargar.
Luciana lo observaba desde el sofá, con su propia libreta sobre las piernas, escribiendo notas mientras él avanzaba.
Alexander no había dicho una palabra en horas.
Su rostro seguía siendo el mismo de siempre: frío, impenetrable