La carretera se volvía más oscura a medida que el auto avanzaba, alejándose de la autopista principal. Las luces de los dos vehículos que los seguían seguían allí, constantes, como depredadores al acecho.
Luciana miró hacia atrás, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.
—¿Por qué no atacan? —preguntó en voz baja.
Isabella no apartó la vista del paisaje que se desdibujaba fuera de la ventanilla.
—Porque aún no saben si nos pueden usar.
Alexander giró bruscamente la cabeza hacia ella.
—¿Qué