El silencio no se rompió.
Se tensó.
Como si el aire mismo se negara a moverse hasta que alguien lo obligara.
La carpeta sobre la mesa no era particularmente gruesa, ni llamativa en apariencia. No tenía marcas visibles, ni etiquetas que indicaran urgencia. Pero en ese momento, frente a todos, adquiría un peso que no dependía del papel, sino de lo que contenía.
Elena no apartó la mirada.
No la tocó.
Pero supo, incluso antes de que Isabella la abriera, que aquello no era un simple intento de presi