Punto de vista de Laila
Cuando Alejandro llega a su oficina, se detiene a mitad de la puerta. Apoya la mano en el marco y me mira sutilmente, sin querer, pero es real.
Frunce el ceño. La preocupación se refleja en su rostro antes de alisarla y entrar.
La puerta permanece abierta.
Una invitación silenciosa.
O quizás me lo estoy imaginando.
Me entretengo con los correos electrónicos. Mis ojos recorren líneas que no logro comprender. Mi cabeza no deja de revivir el momento en que Andrés me llamó, su voz cortando la calle silenciosa como una cuchilla.
No hice trampa, y no estoy haciendo trampa.
Pero explicarle eso a alguien que ya está convencido de tu culpa es como ahogarse en arenas movedizas.
Parpadeo con fuerza, volviendo a concentrarme en la pantalla.
Pasan treinta minutos. Tal vez cuarenta.
Antes de que una sombra se posara sobre mi escritorio.
"Laila."
Su voz profunda y firme... Demasiado firme.
Levanto la vista, con el pulso acelerado.
Alejandro está de pie junto a mi escritorio,