El sabor metálico de la sangre le invadía la cavidad bucal, espeso y penetrante. Jordan respiraba con dificultad, sintiendo la presión de la mano de Zaid sobre sus labios, forzándola a mantener la boca cerrada. La piel muerta y fría del dedo cercenado rozaba su lengua, impregnándola de un sabor ferroso y nauseabundo.
—Trágatelo ya, Isabella. ¿Qué estás esperando? —ordenó Zaid, con su voz cruelmente serena, como si le estuviera dando una instrucción trivial.
Jordan cerró los párpados con fuerza,