Ese nombre. Por primera vez, Reinhardt la llamó así.
Pero ella lo miró con una expresión helada, una mueca que parecía brotar desde el abismo de su cólera.
—No me llames así. Mi nombre es Jordan.
—¿En serio? —respondió Reinhardt, acercándose un poco más—. Pues no estoy tan seguro, ya que eres una mentirosa.
—Basta… —le dijo Jordan—. Detente ya.
—No creas que por haberte entregado a mí te libraste de tus castigos. ¿Crees que eso borra el hecho de que me engañaste? Me viste la cara y te lo dije,