Cierto día, Jordan fue directo a la habitación de Simone. Llevaba una bolsa en la mano y una expresión de nervios, como quien sabe que está a punto de enfrentar la cólera de una reina herida. Tocó suavemente la puerta, y apenas unos segundos después, Simone abrió con una sonrisa ansiosa que apenas pudo disimular.
—¡Ven, ven! —dijo, tomándola por la muñeca y jalándola dentro del cuarto como si esperara el chisme más jugoso del año—. Cuéntamelo todo. ¿Hablaste con Reinhardt? ¿Qué pasó? ¡No me dej