Zaid sonreía. Siempre lo hacía. Reinhardt, en contraste, era un hombre de rostro adusto, medido, sin gestos innecesarios, pero Zaid… Zaid era la encarnación misma del júbilo perverso. Su sonrisa nunca desaparecía, se aferraba a su rostro como una sombra inquietante, como una mueca burlona que desafiaba cualquier lógica. No era una expresión de alegría, sino una advertencia, un reflejo de su naturaleza insaciable y cruel.
Y en ese momento, su sonrisa se ensanchaba más que nunca.
Sus ojos brillaba