Zaid permanecía en el suelo, adolorido y jadeando con dificultad tras la embestida de Isabella. Su cuerpo temblaba por el impacto de la pala y el ardor punzante en sus ojos, donde ella había hundido sus pulgares con toda la fuerza de su desesperación. Pero a pesar del dolor, a pesar del sabor metálico de la sangre en su boca y la sensación punzante en su mano, no había rabia en su rostro. Había algo mucho peor. Había una sombra de obsesión creciente, un fuego retorcido ardiendo en sus pupilas h