—Azrael, basta. No trates así al señor Briel —le planté frente a él.
—Vámonos —me tomó de la mano y, a la fuerza, me arrastró hasta donde estaba su auto.
—¿Qué crees que haces? —me quejé mientras me sentaba de mala gana.
Él no se inmutó ni se molestó en darme una respuesta. Rodeó el auto y tomó asiento al volante. No se contuvo y pisó a fondo el acelerador, dejando atrás el área del casino en cuestión de instantes.
—¿Qué rayos te pasa, eh? —reclamé después de un rato de camino.
—¿De dónde conoc