La mirada azulada la siguió en su recorrido hasta la puerta, una vez que Barbara abandonó el departamento, presionó un par de botones desde un teclado en la pared y aseguró la puerta, apretó los puños mientras se giraba con dirección al baño.
“Jamás te enamorarías de mí … Sí, algo así dirías, Regina” pensó y la molestia se hizo mayor.
—A mi qué demonios me importa — se convenció, no le iba a dar muchas vueltas al asunto. Regina sería suya, e Giancarlo sufriría por eso.
No lo puedo creer… — m