—¿Dónde demonios se habrá metido Regina? – se preguntó el pelinegro al marcarle por quinta vez en esas tres horas que la había estado buscando y el aparato le negara el tono.
—¡Ey, Giancarlo! – Saludó un alegre ojiazul —¿Qué haces? – llegó hasta él en el estacionamiento del campus de la universidad.
Anthony recién llegaba, y Giancarlo estaba por marcharse.
—Intento comunicarme con Regina, pero no responde el móvil— respondió Giancarlo con fastidio.
—¿Y se puede saber para qué la buscas? – Cuest