Aquiles
La sostuve en mi regazo y ella colocó el paño frío en el pequeño corte de mi pómulo hinchado con delicadeza. Extendí la mano y coloqué un mechón de cabello detrás de su oreja, al verla fruncir el ceño.
—Estoy bien, ni siquiera me duele —. Mi respiración se detuvo cuando sus dedos flotaron sobre el pequeño corte —. Lamento haberte asustado, parecías aterrada.
Dejé escapar el aire lentamente.
—No estaba aterrada por él —me aclaró —en realidad temía por ti —. Me eché hacia atrás