Era más de la una de la madrugada cuando tocaron a la puerta del departamento. Valeria se levantó de la cama, ajustó su bata, extrañada, y se dirigió a la puerta.
Miró por la mirilla, quedándose brevemente congelada.
Era Enzo.
—¿Qué haces aquí? —abrió, notando que llevaba en la mano una maleta.
—¿Puedo quedarme por esta noche? —preguntó en voz baja.
—Por supuesto que no.
—Por favor —la súplica parecía inocente, pero ella sabía bien que no había nada de inocente en este hombre.
—No entiend