Luego de la sugerencia de una enfermera, Enzo se encontraba de pie, frente a las incubadoras, donde sus tres pequeñas hijas yacían conectadas a cables y máquinas.
Se veían demasiado indefensas, así, con tan solo un pañal, sus pieles arrugadas y las venas visibles.
Cada una en su mano portaba una pulsera de identificación y el apellido “Dubois” saltaba a la vista recordándole de quién eran hijas.
Aquellas niñas no habían sido deseadas en un principio por él, pero ahora eran su adoración. Y ja