Horas después, Francisco entró en la habitación sin hacer ruido. Su madre ya se había ido y ella había simulado dormir, aunque en realidad su cabeza no dejaba de dar vueltas sobre el mismo asunto.
El hombre se acercó a la cama con cuidado y se sentó al borde, mientras le rozaba la mejilla con los nudillos.
—Amor… —susurró—. Sé que estás despierta.
Abrió los ojos, maldiciendo por no haber podido dejar esta conversación para otro momento. Uno en el que no se sintiera tan miserable, por lo menos.