Se suponía que estaban al aire libre, en un crucero, donde la luna y el mar se mezclaban en uno. Pero lejos de percibir la paz que solo tan majestuosa vista podía ofrecer, se estaba asfixiando.
Todo fue muy rápido…
Lo sintió de golpe, como si alguien hubiera cerrado una compuerta de acero dentro de su pecho. El violín seguía sonando a lo lejos, pero ya no era música lo que escuchaba: era un zumbido que le taladraba los oídos.
—Celeste, amor… ¿estás bien? —preguntó el hombre que todavía estaba