—Entonces hazlo como tú digas —Manolo no quería contradecir a su madre, pues todo lo hacía por el bien de los Elizondo.
Como ella decía, si disfrutaban los privilegios de los Elizondo, debían sacrificar su felicidad.
Y ni siquiera podían elegir dónde nacer.
—Contacta primero con la señorita Suarez y me llamas cuando esté confirmado, cancelaré la cena.
—¡Bien! —Manolo colgó y encendió un cigarrillo.
En la bruma del humo, el rostro seductor de la mujer aparecía con claridad.
Al terminar el cigarri