Anya observaba con horror cómo Alexei, ajeno a su presencia, contemplaba ensimismado al pequeño bebé a través del cristal de los cuneros.
Un escalofrío recorrió su espalda al ver que tenía la vista fija sobre su hijo, tenía que hacer algo para alejarlo.
Con un impulso nacido de la desesperación, Anya hizo amago de levantarse de la silla de ruedas, tenía que enfrentarlo, tenía que proteger a su hijo de ese monstruo...
Pero Sonia y Francesca se lo impidieron, sujetándola con suavidad para que no