Lilia.
—Por favor, señorita... No hace falta que se meta en problemas por mi culpa —pidió Samira, arrugando la frente.
Ambas estábamos caminando a pasos rápidos en el ala de los cabecillas. Ella me había contado que esa mañana se encontró con la mujer llamada Elisa, que no dudó en humillarla ante varios soldados y sirvientes.
—Eres mi amiga, tienen que entender que meterse contigo, es meterse conmigo —mascullé, molesta.
A parte, también quería darle su merecido a Elisa porque sabía que ella