Alejandro miró a la que en unos minutos más sería su mujer. Un dolor en la boca del estómago se le había instalado. Ainara Mendoza era una mujer despreciable, mimada en exceso y tan increíblemente estúpida que no quiso dejarla embarazada jamás por el miedo de tener un hijo tan imbécil como ella. Deseo huir allí mismo, huir tan lejos en dónde ella nunca pudiese encontrarlo. Fernando notó el nerviosismo de su gemelo, y lamentándolo por él, negó en silencio.
Augusto sentía su corazón herido al ver