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Apretando el delicado vaso de cristal en sus manos, Aitana sintió como este se rompía rápido y algunos trozos se incrustaban en su piel haciéndole daño. La sangre brotó, y ella, sin mostrar expresión alguna en su hermoso rostro, vio como aquel espeso líquido de color rojizo ensuciaba la blanca alfombra. Aquel dolor en su mano, no era nada comparado con aquella permanente herida que le hacía sangrar el corazón.

En ese momento, la luz de la cocina se encendió, y entonces una fuerte mano masculina
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