En el departamento de Fernando, el viento gentil acaricio el rostro de Aitana logrando despertarla. El techo blanquecino le resultaba desconocido, y la forma de las enormes ventanas cuyas cortinas se mecían suavemente, no eran las mismas de su habitación. Era de noche, y la luna ya se asomaba en lo alto. Incorporándose, Aitana sentía aquel punzante dolor de cabeza atormentarla, y repentinamente los recuerdos de lo ocurrido la golpearon con crudeza.
— ¡Bolita! — gritó desesperada.
En ese momen