— Ella no ha cambiado mi amigo, vayamos para evitar que se haga daño. — musitó Fernando en resignación.
Y saliendo tras ella, Fernando se sintió vigoroso y alegre como aquel adolescente que no sabía nada del amor, y aun así se sumergió en el sin remedio alguno.
Los caminos no habían cambiado, notaron ambos. Los mismos abedules de blancos troncos que llegaban hasta los rieles de High Park, dejaban ver sus ya marchitas copas que anticipaban la llegada del invierno en otoño. Fernando miraba a Aita