De un manotazo, Irum mandó a volar todo lo que había sobre el escritorio de su despacho. Carpetas, documentos, el portátil, lápices, una escultura que era una réplica a escala de un ejército de guerreros de terracota, todo acabó en el suelo.
Luego fue el turno del librero. Nada se mantendría de pie ante su ira, que se desbordaba como la lava ardiente de un volcán embravecido. Las puñaladas que arteramente le habían clavado los traidores por la espalda ahora le atravesaban el pecho.
En sus inte