Irum miró la salchicha que sobresalía del pan que parecía duro y le entraron unas ganas terribles de llorar, al tiempo que unos hombres, a pocos metros de él, celebraba un gol en un partido de fútbol.
Sin miramientos por su reciente trauma, Libi lo había llevado a un bar de mala muerte que se ubicaba cerca del campus. Aseguraba que vendían los mejores hot dogs de la ciudad y unos diplomas, de dudosa procedencia, que se exhibían en el muro tras la barra lo confirmaban.
—Aquí sí que saben agasaj