Aquellos eran los mejores días de Irum. El joven talento que llegaba a renovar el tradicional mundo de los negocios con su política, para algunos despiadada, de tomar decisiones sin remordimientos era el centro de atención en el evento empresarial. Importaban los resultados y los de Irum eran los mejores.
Con un apellido de renombre y tradición, había destacado desde el comienzo por trazar su propio camino, lo más lejos posible de la sombra de su padre. Su padre padecía de una «cabeza caliente»