En una tableta que había comprado recientemente, Libi veía las instrucciones de la receta que preparaba. Pepa y Conchita no estaban, Irum les había dado la tarde libre y tenía la cocina para ella sola y hacer y deshacer como le diera la gana. Cocinar en un lugar tan grande y bien equipado era un sueño.
—Necesito un rallador de queso.
¿Dónde habría algo así? Irum no tenía idea. Revisó en dos gabinetes de los más de veinte que había.
—¿No te sirve el queso rallado?
—Debe ser fresco.
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