A lenguetazos Canela limpiaba las lágrimas que a Libi siempre se le escapaban al verla. Era la cachorra el único vestigio de una felicidad que se hizo humo, pero que existió brevemente. Era la prueba concreta de hasta donde podía llegar Irum para mantenerla bajo su control.
—¿Cómo se ha portado?
—De maravillas —contestó Lucy—, Canela es una señorita bien portada y educada. Sabe muchos trucos.
«Su papá le enseñó bien», pensó Libi y más abundantes fueron sus lágrimas.
—El único problema es que me