Terminadas las clases, Libi dejó la universidad y entró al tren subterráneo. No había vuelto a usar su auto ni ningún otro. Temía que al dar la vuelta en una esquina apareciera frente a ella la silueta de Irum como la fatídica noche en que todo comenzó.
La repentina sensación de ser observada la invadió y buscó de dónde venía entre la multitud, esperando, con el corazón agitado, verlo de pronto tan cerca de ella.
La espalda de un hombre de traje contra su rostro y el impulso de salir corriend