Libertad, en la cúspide de las desventuras de su cataclísmica vida, volvió a acercarse a los barrotes que desafiaban a su nombre. Ella iba a pedir ayuda a Lucy en cuanto le dieran su llamada, pero Irum, como un dios omnipresente que todo lo sabía, llegaba primero.
—¿Cómo está mi hija? —preguntó ella.
«¡Tiene una hija!», exclamaron con sorpresa las mujeres a su espalda.
—Asustada. Un hombre golpeó a su madre y luego ella lo golpeó de vuelta, y al guardia, y a dos policías. ¿Por qué llevabas un ma